martes, 6 de marzo de 2018

Micieces de Ojeda. ¡A REGAR LAS PATATAS...! Micieces, pueblo patatero. (VIII).







¡A REGAR LAS PATATAS...!

Pequeño es el río de Micieces ─más bien, río Micieces─, pero qué bien se aprovechaba para el riego. Desde antiguo se cultivaba lino en lo que eran tierras de regadío, que por eso precisamente se llamaron desde siempre linares. Cuando el lino fue desapareciendo, la patata parece que ocupó su lugar en esas tierras de vega, de regadío, que siguieron llamándose linares. Y siguieron manteniendo el derecho legal, o al menos consuetudinario, al riego. A la vega de Arriba llegaba el agua por el calce que arrancaba en el límite con la raya de Payo, en la llamada presa del Pleito. A la vega de Abajo subía el agua desde el cauce profundo del río mediante una presa que cortaba totalmente su cauce. 



      El año que había abundancia de agua, no había ningún tipo de problema a la hora de regar. Pero casi siempre, sobre todo para evitar problemas entre los vecinos, el riego se echaba en vez. Es decir, había que guardar un orden para regar, y este orden lo marcaba la  situación de la tierra, siempre de arriba hacia abajo. ¿Y si no podías regar cuando te tocaba? ¿Y si perdías la vez? Pues eso: que perdías la vez y te quedabas sin regar hasta que te volviese a tocar, o buscabas una de esas horas nocturnas o intempestivas en las que nadie utilizaba el agua…



      ¿Y los huertos y los sembrados en otro tipo de tierras no linares, por ejemplo en las llamadas frejoleras? ¿O las alfalfas y parecidos…? Los huertos solían entrar en vez. Y el resto de tierras, a buscar esos tiempos de riego fuera de vez y, casi siempre, a deshora. Las alfalfas se regaban a manta, y se les dejaba el agua dirigida y repartida en varias entradas, porque podían resistir toda la noche recibiendo agua sin que les perjudicase.



      Siempre se contaban algunas peleas, enfados, riñas y otras cosas más graves que habían sido motivados por el riego. Cuando se llegaba a escenas de mayor violencia, solía deberse a los protagonistas, a los orgullos personales o a otros motivos, más que a la necesidad imperiosa de regar. La verdad, nuestro río daba más de sí de lo que cualquier extraño pudiera imaginar. ¿Y si llovía? Pues se esperaba a que hubiese necesidad de riego otra vez. Aunque había un refrán muy sabio que se solía aplicar, pero siempre con mucho sentido común: agua del cielo, no quita riego.


 
      ¿Y cómo se regaba? Surco por surco. El agua corría por lo hondo del surco, de cada surco. Había una medida genérica, general y generalizada para saber si había suficiente agua para regar: un surco de patatas. Y era más cantidad de agua que un surco de fréjoles. ¿Y cuánto era eso? Pues… se veía correr el agua y se sabía, sin más medida. La realidad es que el agua debiera llenar lo que era el surco de patatas, no solo correr por el fondo. Y cuando iba llegando al final del surco, se cambiaba el agua al siguiente. Si tenías ayudante ─un niño, por ejemplo─, vigilaba el fin del surco y avisaba cuando llegaba el agua a un cierto punto antes del final. ¿Y si el niño se quedaba dormido en el fondo del surco, al calor de la tierra, al remanso de las patatas o al frescor de las plantas? Pues… el agua, al llegar a él, lo despertaba y de un brinco, se levantaba gritando aquello de “¡Que ya llega!” y sacudiéndose, en lo posible, el agua de encima. Si no había quién avisase,  se adivinaba a ojo cuándo llegaba ─la práctica enseñaba y casi siempre se acertaba─, o se daban continuos paseos para ver adónde llegaba en cada momento. Y así sucesivamente hasta que se acabase de regar la tierra.



      Eso de regar por aspersión no se utilizó hasta que llegaron los tractores con su bomba de riego. Y no se utilizó mucho para la patata. Tenía su explicación: si se regaba por aspersión, el sulfato que se había echado para matar los escarabajos, desaparecía, quedaban lavadas las plantas y se tendría que volver a sulfatar de nuevo. 

      ¿Era pesado eso de regar? Ahora se mira con una cierta nostalgia, pero lo que realmente cansaba era el tener que esperar vez y, en no escasas ocasiones, estar esperando y que se te secase el calce. ¿Por qué? Alguien te había quitado el agua allá arriba… Y tenías que ir a reclamarlo… Y lo peor de todo era el “yaque”: ya que he empezado…, ya que estoy regando…, ya que no me falta apenas nada… O se les ocurría a todos los de Payo ponerse a regar a la vez y dejaban el río seco…



      Hubo gente que tenía alguna tierra orillada al río, o cerca, y aprovechaba esta circunstancia para regar a motor, y podía hacerlo por surco o por aspersión.  Al principio querían salirse de la norma de la vez porque no regaban por el calce, mas creo que no convencía a nadie: el gasto de agua era el mismo de la misma agua y por tanto debía someterse a las normas de riego del pueblo. Cuando llegaron los tractores, muy pronto se les acopló un mecanismo que hacía de motor de absorción y regaba por aspersión, a veces también por surco, hasta fincas relativamente muy  apartadas de la orilla del río. Pero seguían sometidas a las normas y reglas de riego del pueblo.



            Aquellos riegos antiguos tenían su atractivo, vistos desde la lejanía del hoy… Las tardes entre el frescor de las patatas floridas, pasado ya el calor veraniego de estepa castellana; el meter los pies en el calce y dejar que te cosquillearan las arenas y piedrecitas…; el encontrar, siempre y a cualquier hora, gente en el campo; el llegar a casa helado por el cierzo de la anochecida y notar el calor del hogar… De todos modos, los clásicos que escribieron de la vida en el campo y de cosas de estas, escribían muy bien, pero no tenían ni idea de lo dura que era aquella vida…



En Micieces también se sembraba patata en secano. La parte más feraz y húmeda de algunas tierras, o algunas tierras en su totalidad que de por sí eran húmedas y de buena calidad, se aprovechaban para la siembra de patata. No necesitaban riego: la humedad propia de la tierra y alguna lluvia del cielo eran suficientes para una cosecha bastante buena. Recuerdo que en los primeros años de cultivo de los quiñones ─roturos del monte comunal que se repartían entre los vecinos─ se solían sembrar de patatas y, creo, no daban malas cosechas. Lo lógico era que produjesen menos que en tierra de riego, pero eran, decían, mejores y se conservaban más tiempo. Y seguro que eran de infinita mejor calidad que algunas patatas que nos ha tocado comer a lo largo del mundo y de la vida fuera de los dominios miciecenses, mejores que esas patatas que siempre hemos llamado aguachinadas, sin sabor a patata, dulzonas y criadas en poco tiempo a base de agua y abonos artificiales



Patatas de la Ojeda, /  buenas hasta la holleja;



















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Himno a Micieces de Ojeda