lunes, 14 de mayo de 2018

Micieces de Ojeda. Miciecerías: LOS BUEYES DE SAN ISIDRO.





La historia de san Isidro es muy conocida. Y pensé que había que escribir la historia de sus bueyes, porque tanto san Isidro, tanto san Isidro y…, al final, los que trabajaban eran los bueyes… así que esta es la historia de los bueyes de san Isidro, el de Micieces.
o o o O o o o


Los bueyes de San Isidro eran de escayola. El tiempo y… el uso los estropeó  (¿sería por estar siempre arando?). Alguien del pueblo pagó la restauración: es como si hubiera ido a una feria (de esas tradicionales de compraventa de animales) de Cantabria (antes Santander) y se trajese una pareja nueva. Y, lógico, llevan los nombres de una pareja de bueyes que en tiempos hubo en su casa: GALÁN y CHATO.



Y la pareja sigue arando y arando… Y el ángel, impertérrito, les sigue arreando. Cada uno cumple con su obligación tradicional. ¡Ojalá que por siempre jamás!




LOS  BUEYES  DE  SAN  ISIDRO  (el de Micieces)


SAN ISIDRO, EL DE MICIECES,                  
figura ser campesino,
de escayola, bien pintado
y con ropaje bien limpio.
¡Al mirarlo desde lejos
parece nuevo, novísimo!
Un santo que cuida el campo
ha de estar cuidado y limpio
para que ocupe su tiempo
en lo que es su patrocinio:
las tierras y los linares,
los sembrados y baldíos,
las sequías y las lluvias,
el tiempo, el calor y el frío… 
¡Es patrón de labradores
el labrador san Isidro!
La imagen del de Micieces
mira hacia el cielo infinito,
con esa pose de santo,
sosegado, dulce y místico…
Mano derecha en el pecho,
terciado un zurrón chiquito, 
en la mano izquierda lleva
una gran reja con mimo;
las botas de media caña
y de cuero bien curtido;
pantalones y chaqueta
nuevos, brillantes y limpios;
gorguera blanca y bordada,
como si fuese de rico;
la capa casi de lujo
y recogida en el cinto.
¡Es que nuestro san Isidro
anda siempre de festivo…!

APOSENTADO EN LA IGLESIA
de Micieces, en su sitio,
alguien vio que algo faltaba
para ser buen san Isidro,
y en una de tantas ferias
de cualquier pueblo vecino
compró una yunta de bueyes
muy devoto y muy solícito,
uncida a un yugo cornal,
con melenas protegidos,
llevando arado romano
y arando en campo infinito.

Dicen que un día en que el santo
rezaba traspuesto e ido,
del cielo se bajó un ángel
y aprendió bien el oficio:
tan es así, que aquel ángel
volver al cielo no quiso
y se quedó para siempre
con la yunta de bovinos,
agarrado de la esteva
y con su vara de espino.
¡Y labrando tras los bueyes
continúa el angelito!
No es extraño que de fiesta
vista siempre san Isidro.

PASADO YA MUCHO TIEMPO,
la escena miró un vecino,
levantó el índice dedo
y estas sus palabras dijo:
─Los bueyes están muy viejos
y, además, están heridos…
¡Es hora de que compremos
otra yunta a san Isidro!
Y todos se dieron cuenta
de que era verdad lo dicho.
Los pobres bueyes estaban
muy viejos y malheridos,
con mataduras y llagas,
magullados y abatidos,
y también, quizá, cansados
de labrar siempre lo mismo.
Las melenas que sus cuellos
les habían protegido,
estaban ya tan raídas
que no hacían el servicio.
Y tenían los sus cuernos
astillados o partidos.
Varias patas enseñaban
alambres enmohecidos
haciendo veces de huesos
sin carne, mondos y limpios.
Y la pintura del cuerpo
se desconchaba a trocitos.
Quizá fuesen mala raza
la pareja de bovinos,
o fue quizá que eran viejos,
o fue quizá el tiempo mismo,
o fue quizá una caída
de las manos de algún niño…
Ni el santo pudo evitarlo,
ni el ángel pudo impedirlo.
El caso es que aquella yunta
se fue al güicero divino,
a los eternales pastos
que se ganan los bovinos.
Una mujer miciecense,
otra yunta de bovinos
prometió que compraría
con los permisos debidos.
─Que sean de buena raza
y tamaños parecidos.
─Que sean los dos muy mansos
y sepan hacer su oficio,
que no queremos que el ángel
se nos marche al cielo herido…
Quiso la mujer aquella
conseguirle a san Isidro
una pareja de bueyes
que le durasen… un siglo.
Y en Cantabria, en una feria,
de las muchas de esos sitios,
compró de muy buena raza
una yunta de bovinos,
raza que le dicen cántabra,
y ambos, los dos, muy mansitos,
emparejados los dos
y los dos bien avenidos.

CON UN YUGO YUGULAR
venían los dos uncidos,
ajustadas las gamellas,
mas sin colleras de auxilio
ni melenas que evitasen
heridas a los uncidos.
Los miciecenses dijeron
nada más haberlos visto:
─Buena pareja de bueyes,
mas van a mal yugo uncidos.
Para ganado vacuno
no valen los de este tipo:
el cornal es mejor yugo,
más seguro y productivo…
No estaba la aquella mujer
para cambiar el uncido:
─Pues mientras resista el yugo,
que sigan como han venido.
─¿Y cómo van a llamarse
los bueyes de san Isidro?
─Se llama el uno Galán,
y Chato al otro le digo,
porque son nombres de bueyes
que en la mi casa han servido.
Y voy a poner sus nombres
en una etiqueta escritos.
Alguno, por lo que fuera,
borró los nombres escritos,
y ahora todos los llaman
“los bueyes de san Isidro”.

EL ÁNGEL SIGUIÓ EN SU PUESTO:
en silencio daba gritos
a los bueyes si paraban,
¡que no perdieran el ritmo!;
en la mano izquierda lleva
la vara aquella de espino,
y con su derecha agarra
la esteva con gran ahínco,
San Isidro mira al cielo
con su cara de bendito,
y a veces mira a la tierra
para escuchar los pedidos
que los labradores hacen…
¡Y que siempre son los mismos…!       


José Luis Rodríguez Ibáñez
 Mayo/2018-






Puedes ver también:

- SAN ISIDRO LABRADOR.
- EL ARADO.
- LA BENDICIÓN DEL CAMPO.
- PARA PEDIR LA LLUVIA.


Y más sobre Micieces en:













jueves, 3 de mayo de 2018

Micieces de Ojeda. ¡A ATROPAR PATATAS! Micieces, pueblo patatero. (XI).









¡A ATROPAR PATATAS!


Se solían sembrar patatas tempranas y patatas… tardías. Lo de tardías es porque de alguna forma había que llamarlas. Estas eran la gran cosecha. Las tempranas se sacaban de mediado el verano en adelante. Pero eran las menos, y se sembraban casi exclusivamente para uso familiar.
            ¿Cuándo era la mejor época para sacar las patatas? Ellas mismas te lo decían. Si la parte externa de la planta se secaba, ya se podían sacar, y mejor cuanto antes para que no fuese autoconsumiéndose ella misma. Algunos otoños que venían un tanto retrasados, o en algunos patatales que no terminaban de secar las plantas, empezaron a echarles un líquido que secaba lo exterior de la patata sin perjudicar para nada al tubérculo subterráneo. Y, cuando ya estaban secas ramas y hojas, significaba que la parte tapada por la tierra, los tubérculos, no iban a engordar más: era la hora de comenzar la operación del sacado de patatas.
El verano y todas sus labores ya habían terminando. Ya era otoño, o se estaba acercando. Y el otoño en Micieces no suele ser cálido. Pues en este tiempo, con mañanas frías, tardes más que frías, frecuente lluvia y, por tanto, barro en las tierras, había que recoger la cosecha de patatas. Y en aquellos tiempos todo era manual.
Bueno, una precisión semántica: en las tierras de Micieces las patatas no se recogen: se atropan.

Por aquellos tiempos las patatas se sacaban a horcón. Se atropaban y se iban echando en cestos de mimbre o de lamas de madera, y de ahí iban a una bolsa de patatas, que solía ser siempre de arpillera. Pero no era saco, que el saco es más grande y, por tanto, más pesado y mucho más difícil de mover.
Para las grandes tierras, o por mejor decir, para las tierras grandes y para sus propietarios, se formaban cuadrillas de atropadores de patatas. Y en la cuadrilla se incluían los sacadores, en masculino casi siempre, y las atropadoras, la mayoría mujeres, pero no exclusivamente.

¿Y cómo se procedía a esta labor? En los tiempos más remotos ─me refiero a los tiempos más remotos de los que mi memoria se acuerda, o sea, cuando yo no era más que un niño de los primeros años de escuela y que iba al patatal más bien con desgana por el frío y porque a ver con quién y cómo ibas a jugar allí… Y si encima te hacían atropar patatas…─ pues eso, que iban delante los sacadores de las patatas. Se ponían en fila, vertical al trazado de los surco y cada sacador se hacía cargo de un surco, de dos, o de tres… Clavaban con estilo y sabiduría el horcón en el surco junto al pie, la mata, de patata, hacían palanca en la tierra y sacaban lo que había en el interior. Y repetían la operación hasta que estaban seguros de que no quedaba ninguna patata enterrada y quedaban todas encima del surco, sobre la tierra y bien a las claras, todas las que podía tener ese pie… Trabajaban de espaldas a lo sembrado y de cara a lo que estaba sacado ya y a lo que iban sacando. Y pasaban a otro pie de otro surco, o del mismo… Y así los demás, si los había, que solía haberlos en las tierras grandes, hasta que llegaban al final de la tierra. Allí daban media vuelta y la misma operación en sentido contrario. Y, más o menos, todo el grupo de sacadores, a la vez… Los sacadores tenían una ciencia muy especial: apenas había patatas pinchadas por el horcón. Esto era conocer dónde estaban los tubérculos de ese pie y saber pinchar el horcón el sitio justo.


Pues detrás de los sacadores, y cara a ellos, iba el grupo de atropadoras con varios cestos de mimbre o de lámina de madera. Se recogía todo lo que fuera patata, porque toda patata sirve independientemente de su forma, color o tamaño. Pero se hacía una primera selección: las pequeñas en un cesto, el resto en otro. Y las pequeñas no se recogía para siembra (esa especialización vino después), sino porque no valían para venderlas: se aprovechaban en casa, normalmente para los animales. Se tenía como honor de la tierra y del agricultor el haber cosechado patatas gordas y grandes. Hoy día la gente no compra patatas grandes para el consumo diario: será porque no las terminan de una vez, y todo el mundo sabe (y si no, lo aprende al segundo día) que una patata empezada, o pelada, se pone negra por fuera, se oxida al contacto del aire y pierde frescura, se queda lacia.


Pues eso, que las atropadoras, casi siempre las mujeres, pero no en exclusiva, iban detrás de los sacadores recogiendo las patatas… Quien no sepa lo que es ese trabajo, a lo mejor recuerda aquello de las espigadoras de la zarzuela La rosa del azafrán … Pues no se le ocurra pensar: “¡Qué bonito! ¡Qué campestre! ¡Qué vida tan sana…!” Si, claro: ¡y un…cuerno! Todo el día con el lomo doblado, que terminaban con un dolor de riñones, de espalda, de manos, de dedos…, de todo. La alegría estaba en la llegada de la comida, de la merienda y… del final del día. ¡Con decir que muchas veces se prefería ir a vaciar el cesto, aunque pesase, a seguir con el espinazo doblado atropando patatas…! Y toda esta labor se hacía ya en otoño, de sol a sol, cuando salía. Y si no salía, se hacía el día más… eterno. Con frecuencia la tierra estaba moja, o llovía o lloviznaba, o estaba helada o medio helada, y el viento (cierzo, gallego o burgalés), siempre frío y con anuncio de un invierno cercano… En el jornal del día solían ir incluidas la comida y, a veces, la merienda… ¡Duro trabajo aquel de atropar patatas para tan poco sueldo! ¡Pero es que las mismas patatas tenían un precio miserable vendidas por el labrador! ¡Aquellas gentes eran duras y admirables de verdad!

Un poco más acá en el tiempo, para sacar las patatas se metía ya el arado ─el arado llamado romano, el de madera con reja de hierro, o uno similar─ y desaparecieron los horcones. Siempre hay algún agorero que predice que aquello no puede salir bien, que va a partir la mitad de las patatas, que va a dejar dentro de la tierra la otra mitad, que… Hay que dejar que el tiempo, al fin, imponga las novedades. Y las impuso. Aunque los grupos de atropadores o atropadoras siguió detrás del arado atropando las patatas que sacaba. Quizá con una desventaja: el arado no liberaba la patata del terrón de tierra ni del barro que se le había pegado: había que hacerlo con la mano.
¿Y quedaría alguna sin salir a la superficie? También con los horcones quedaba alguna. Como aquellas espigadoras de la zarzuela, también había algunas veces buscadoras o buscadores de patatas en lo que habían sido patatales. Pero, la verdad, nunca quedaban demasiadas. Un año, vete tú a saber cuál, los niños, más bien chavales ya, decidimos que queríamos un balón de reglamento: alguien había visto uno en un comercio de Alar o de Herrera y nos convenció fácilmente, eso sí, de que era barato y de que buscando patatas en las tierras en las que ya se habían atropado, podíamos llenar unas cuantas bolsas de patatas olvidadas y venderlas para comprarnos el balón… ¡Y conseguimos comprar un balón de reglamento! Yo tengo idea de que cada uno añadimos algunas patatas de las de casa…

            Conforme el pueblo iba perdiendo gente, sobre todo juventud, la agricultura no tenía más remedio que modernizarse y mecanizarse. (¿O sucedería al revés? ¿O, quizá, a la vez?). El caso es que llegaron los tractores, las máquinas para el verano, para la siembra, para todo… Y siempre, es lo más lógico, con la perspectiva agorera de los de siempre.  
¡La patata pequeña y redonda se convirtió en la más cara! ¡Era patata de siembra! ¡Y, para colmo, había que comprarla fuera como algo extraordinario! Ya no había que cortar patatas: las sembraba una máquina unida a un tractor, y todas a la misma distancia de pie a pie y de surco a surco, todas igualitas, como recién salidas de fábrica. ¿Dar la cavada? ¡Qué atraso y qué trabajo! Metemos el tractor y lo llevamos todo seguido: como se habían sembrado con el tractor y a máquina, el escavado con el tractor no tenía problema… Se acabó aquello de sulfatar a mano, llenándote de polvo, de veneno, ojo, ¡de veneno! ¡El tractor lo hacía ya todo! Ahora los escarabajos, los bichos, morían envenenados igualmente, pero la muerte les llegaba por medio de una máquina… Posiblemente habría algún caso de envenenamiento de personas con aquel sulfato, aunque nunca debió de ser demasiado grave: yo no tengo ni idea ni noticia de ningún suceso grave, de envenenamiento de personas, motivado por el veneno de matar escarabajos patateros.
           
 ¿Y el sacar y atropar patatas? Casi no queda gente para cuadrillas de atropadores de patatas. Pero para eso inventaron máquinas. Hubo en un principio una especie de rastrillo que se unía al tractor y le daba un continuo movimiento de criba. Su hundía un poco en la tierra, la cribaba, caía la tierra y las patatas iban resbalando todas hacia atrás y quedaban en fila. Esta fila de patatas se atropaba a mano, y ya era un adelanto en tiempo, en descanso, en número de gente necesaria. En otras partes más industrializadas, la misma máquina las recogía y las almacenaba en un depósito ad hoc.


─¡Sí, claro, con piedras y todo…! ─decía el agorero. Y otro más socarrón añadía:
─Mejor, así pesan más…
            Es que también en la agricultura las ciencias avanzan que es una barbaridad

(JLR)

jueves, 19 de abril de 2018

Micieces de Ojeda. TOQUE AL ROSARIO Y NOVENAS. (Las campanas de Micieces, XI).






              TOQUE AL ROSARIO Y NOVENAS

 Lógicamente al rosario y a las diferentes devociones, que se solían rezar en la ermita de la 
Virgen de la Calle, se llama a los fieles con el toque de la campanilla de la espadaña de la ermita.
El toque al rosario, y el de las demás devociones y novenas, se hace mediante la campanilla, siempre se la llama campanilla, tocándola a medio volteo -el volteo entero es difícil y peligroso porque puede caer sobre el tejado y llegar más abajo- y no está preparada para el repique. Se hacen dos toques: el primero un cuarto de hora antes de la señalada para el comienzo de los rezos, y el segundo, cuando ya se van a empezar.

El rezo del rosario ha sido una tradición del pueblo cristiano y en Micieces se cumplía. Los meses de mayo, el mes de María, y el de octubre, el del rosario, se rezaba en común todos los días. Además, había otros días señalados para el rosario: el mes de junio, el del Corazón de Jesús, al menos en su novena, y los domingos de todo el año, menos en el verano. Y algunos otros días festivos… Tampoco es que hubiese otras diversiones que impidiesen a la gente ir a rezarlo. Y luego estaban algunas novenas a diversos santos o santas, o rogativas, o…
La hora de estos rezos era al atardecer, casi a la anochecida, o ya anochecida, dependiendo de la época. Así que cuando por la tarde, muy tarde, casi de noche, se oía la campanilla, ya se sabía que era al rosario. O a la novena correspondiente. Solo en los domingos y festivos, si es que había rosario, se alteraba este horario: esos días era después de comer, echada la siesta o pasado un tiempo prudencial después de la comida. 

¿Demasiados rezos? Los que quería cada uno. Menos los niños, que tenían obligación, casi todos, de asistir a los actos religiosos del pueblo. Pero tampoco teníamos otro tipo de diversiones, a no ser las que nos inventábamos nosotros mismos.








Más sobre "las campanas de Micieces":

- LAS CAMPANAS DE MICIECES.
- CAMPANILLOS Y CAMPANILLAS.
- EL CAMPANARIO.
- LOS TOQUES DE CAMPANA.
- EL TOQUE DE DIFUNTOS.
- TOQUE DE ANGELUS Y TOQUE DE CONCEJO.
- TOQUE A FIESTA Y TOQUE A GÜICERO.
- TOQUE A HUEBRA Y TOQUE A REBATO.
- TOQUE A MISA.
- TOQUE DE PROCESIÓN.

Y más sobre Micieces en:

jueves, 12 de abril de 2018

Micieces de Ojeda. ¡A SULFATAR...! Micieces, pueblo patatero. (X).




¡A SULFATAR...!

                                        ¿Cómo se le ha combatido al escarabajo de la patata? En Micieces, y en esta
nuestra zona geográfica, se ha luchado contra esta plaga sulfatando. Tan es así, que la palabra sulfatar tomó carta de naturaleza y suplió a la de fumigar. Aquí no se fumiga, es raro oír la palabra: se sulfata. Y eso sin importar si el veneno que se echa a las plantas sea sulfato, de cualquier clase, o no lo sea.



Cuando los bichos (así llamados también los escarabajos de la patata) empezaron a ser plaga, se compraba unos polvos (que ciertamente eran sulfato de algo, de cobre debían de ser, junto a otros componentes), se disolvían en agua en la cantidad marcada y con unas ramas (hierbas, poleos, brezos o algo similar…) se hacía un hisopo y se asperjaba cada pie de patata ─a cada mata de patata se le llama pie─. Si tenía bichos, para matarlos; si no, para que no fuesen a ella o muriesen si se les ocurría ir. El caso es que era efectivo y al día siguiente habían muerto ya y caído alrededor de la planta. Había quien tenía un fumigador de esos que se llevan a la espalda y se les da presión con una palanca manual. Lo tenían de antes, o lo compraron para esta operación patateril. Lo veíamos como un adelanto técnico, aunque el hisopar manualmente el pie de patata, mataba a los bichos, ¡y bien muertos! ¡Pero qué afán de vida y de pervivencia tenía, y tienen, los escarabajos! Al cabo de un tiempo, otra vez tenían bichos las patatas. Y otra vez a sulfatar y a hisoparles.

La técnica de matar escarabajos fue avanzando, creo, porque más adelante ya no era necesario disolver el sulfato, o lo que fuese, en agua: se echaba directamente en polvo sobre la planta. Y el efecto era, más o menos, el mismo. Pero, sobre todo al principio, había que hacerlo por la mañana, cuando las hojas estaban con el rocío, así el polvo se pegaba a la hoja y no se lo llevaba el viento. En consecuencia, de mañanita veías a la gente en los patatales envueltos en un cierto halo de neblina y de polvo de sulfatar… La experiencia parece que enseñó que no era necesario el rocío de la mañana, aunque fuese mejor, y que también servía sulfatar a cualquier hora: los bichos se comían la hoja de patata con el veneno y morían igual. Pero mejor si no hacía viento, que se lo llevaba todo y te hacía respirar el veneno a ti mismo.

Había técnicas muy especiales para espolvorear el sulfato sobre la planta de patata. Vendían unos aparatos con un depósito en el que se echaba el sulfato en polvo. A este depósito estaba unido otro dispositivo que, a modo de bomba de hinchar las ruedas de la bicicleta, producía aire que daba presión al depósito y salía el polvillo por un oportuno agujero. Oficialmente seguro que tendría un nombre, pero en cuanto llegó al pueblo, la gente lo llamó simplemente sulfatador. Era bastante cansado de usar. Así que se inventó el sistema de espolvorear sin necesidad de darle a la bomba del aire, espolvoreando directamente con ese aparato, pero con un simple movimiento de muñeca. ¡Y servía igual! Aunque el aparato más curioso de espolvorear el sulfato sobre el pie de patatas era… ¡un invento popular, sin necesidad de pagar patente! Se cogía un bote vulgar y corriente, se le llenaba del polvo de sulfatar, se le cubría la boca con una media, o con un calcetín lo suficientemente fino y con poros (no agujeros de roto)... ¡y ya estaba el invento! Y era sencillísimo de usar: un movimiento de muñeca y echabas el sulfato en la planta y sitio que querías. ¡Y el mecanismo no fallaba! ¡Y era tan simple y tan efectivo… que yo creo que ni pudo patentarse…!




Los bichos, los escarabajos, tremendamente espabilados, se iban inmunizando genéticamente al sulfato con que se pretendía matarlos. Por lo menos eso era lo que los técnicos decían, porque cada pocos años cambiaban el producto. Y lógicamente siempre había comentarios contrapuestos de los labradores sobre cuál era mejor, si el de este año o el del anterior. Pero había que comprar el que estaba de venta en el mercado, claro.

¡Y cómo comían los condenados escarabajos patateros! Pasaba el labrador un día por su patatal y calculaba:
 ─Dentro de dos o tres días, a sulfatar, porque ya se ven algunos bichos… ─se decía.


Si hacía calor, a los tres o cuatro días tenía ya el patatal medio comido… ¡Y que no se terminaban nunca! Hasta que los días se acortaban y llegaba el frío: entonces desaparecían del todo. Para nosotros, cuando niños, aquello era un misterio. ¿Dónde se habían ido? Pero si es que al año siguiente, puntualmente además, estaban allí otra vez… Recuerdo una frase que algún miciecense dijo en cierta ocasión y que, luego, ha quedado casi como dicho popular o refranesco. Había estado arando, o haciendo algo en el huerto, o… vete tú a saber qué y dónde. El caso es que, hablando de los escarabajos y ante la duda de algunos, niños creo yo, nos dio la solución de dónde estaban escondidos los bichos:
─Debajo de un zalceño ─tronco o raíz de un zalce que ya es o fue árbol─  he encontrado… ¡lo menos una fanega…! Estaban esperando el verano. ─El qué hacían allí, cómo esperaban, si los mató o no…, eso ya no importaba: se guardaban bajo tierra, o en algún refugio, invernaban y esperaban el calor… Es que el labrador sabe cosas sin necesidad de haberlas leído en libros… ¿O quizá sea más correcto decir: quien escribe los libros, lo ha aprendido de  los labradores? En muchos casos, sí.



jueves, 5 de abril de 2018

Micieces de Ojeda. EL ESCARABAJO DE LA PATATA. Micieces, pueblo patatero. (IX).







EL ESCARABAJO DE LA PATATA

1       El escarabajo de la patata se llama Leptinotarsa decemlineata.

     Tiene el tamaño de unos 10 x 6 mm. Es de cuerpo duro, convexo, color pardo amarillento, con cinco bandas negruzcas longitudinales en los élitros (de ahí el nombre decemlineata), y una docena de puntos negros en la parte superior, entre la cabeza y el tórax (digamos que en el cuello).

    Tiene 6 patas terminadas en una especie de garfios muy apropiados para agarrarse a las plantas y, además, dos ventosas anales que le sirven para esta misma función. En lo alto de la cabeza tiene dos antenas que ejercen de sentidos de tacto y orientación.

    Cuando llega el calor, en primavera o principio del verano, según clima y lugar, salen del subsuelo, donde han invernado: el calor los despierta casi a la vez y salen con ganas de comer, y lo primero que hacen es buscan dónde alimentarse.

    Luego copulan machos y hembras. Estas ponen los huevos  en filas de 10 a 30 en el envés de las hojas. Si la temperatura es buena, pueden poner en el verano más de 2.000 huevos, que eclosionan a partir del 4º día, dependiendo del clima, y salen las larvas (gusanos), que, nada más salir, empiezan a comer. Cambia de muda 3-4 veces en 2-3 semanas ─es que son muy mirados y limpios…─, y van pasando del color rojo intenso al amarillo pálido. Y siguen comiendo sin parar: si terminan una planta, buscan otra.

   Llegados a su grado de madurez como larva (gusano),  se dejan caer al suelo: se entierran y al cabo de unos 15 días (todo depende del calor) salen escarabajos adultos…

    Y empieza de nuevo el proceso con la nueva generación… ¿Cuántas generaciones en un verano? Todo su ciclo vital y evolución dependen del clima de la zona en que viven. Si es benigno y hay abundancia de alimentación, cada mes hay una nueva y numerosa generación.

   La planta alimenticia es, sobre todo, la patata, pero les sirve cualquiera de las solanáceas: berenjena, tomate, pimiento…
     Se dispersan ayudados por el viento, se dejan llevar por él, y recorren de esta forma grandes distancias.

Cuando llega el frío, horadan un hoyo todo lo profundo que pueden según el terreno en que están, y en ese nido invernan… ¡Y hasta la próxima primavera que comenzarán de nuevo el ciclo! Tienen una esperanza de vida de 1-3 años.  


         Se le ha llamado escarabajo de la patata de Colorado: parece que fue en este estado de EEUU donde primero se descubrió el tal escarabajo. Aunque modernos estudio lo sitúan como originario de una región de Méjico.
       A Europa llegó a través de Francia en 1922, y pronto se extendió por toda la zona patatera del continente. Lógicamente donde menos ataca es en las zonas frías.
         A España llegó a principio de la década de 1930. La memoria viva de la Micipedia sitúa los primeros escarabajos de Micieces a principio de los años 1940 y en la zona de Praolaseras-Cuenca (carretera de Villavega, a la izquierda, pasadas las eras).


         El escarabajo de la patata es una auténtica plaga en sí mismo: son tremendamente voraces, tanto en estado de larva (gusano) como de adulto. Además, es en ocasiones vehículo trasmisor de otro tipo de parásitos y enfermedades de la patata y de otras plantas. Lo que come el escarabajo es la parte externa de la patata: hojas, ramas, tallos. Esto hace que la planta no se desarrolle y no produzca tubérculos en calidad y cantidad debidas. Pero lo que llamamos comúnmente patata, es decir, el tubérculo, se puede comer perfectamente: el escarabajo ni lo estropea ni lo contamina, simplemente impide, al faltarle hojas y ramas, su desarrollo. 


Himno a Micieces de Ojeda