lunes, 14 de mayo de 2018

Micieces de Ojeda. Miciecerías: LOS BUEYES DE SAN ISIDRO.





La historia de san Isidro es muy conocida. Y pensé que había que escribir la historia de sus bueyes, porque tanto san Isidro, tanto san Isidro y…, al final, los que trabajaban eran los bueyes… así que esta es la historia de los bueyes de san Isidro, el de Micieces.
o o o O o o o


Los bueyes de San Isidro eran de escayola. El tiempo y… el uso los estropeó  (¿sería por estar siempre arando?). Alguien del pueblo pagó la restauración: es como si hubiera ido a una feria (de esas tradicionales de compraventa de animales) de Cantabria (antes Santander) y se trajese una pareja nueva. Y, lógico, llevan los nombres de una pareja de bueyes que en tiempos hubo en su casa: GALÁN y CHATO.



Y la pareja sigue arando y arando… Y el ángel, impertérrito, les sigue arreando. Cada uno cumple con su obligación tradicional. ¡Ojalá que por siempre jamás!




LOS  BUEYES  DE  SAN  ISIDRO  (el de Micieces)


SAN ISIDRO, EL DE MICIECES,                  
figura ser campesino,
de escayola, bien pintado
y con ropaje bien limpio.
¡Al mirarlo desde lejos
parece nuevo, novísimo!
Un santo que cuida el campo
ha de estar cuidado y limpio
para que ocupe su tiempo
en lo que es su patrocinio:
las tierras y los linares,
los sembrados y baldíos,
las sequías y las lluvias,
el tiempo, el calor y el frío… 
¡Es patrón de labradores
el labrador san Isidro!
La imagen del de Micieces
mira hacia el cielo infinito,
con esa pose de santo,
sosegado, dulce y místico…
Mano derecha en el pecho,
terciado un zurrón chiquito, 
en la mano izquierda lleva
una gran reja con mimo;
las botas de media caña
y de cuero bien curtido;
pantalones y chaqueta
nuevos, brillantes y limpios;
gorguera blanca y bordada,
como si fuese de rico;
la capa casi de lujo
y recogida en el cinto.
¡Es que nuestro san Isidro
anda siempre de festivo…!

APOSENTADO EN LA IGLESIA
de Micieces, en su sitio,
alguien vio que algo faltaba
para ser buen san Isidro,
y en una de tantas ferias
de cualquier pueblo vecino
compró una yunta de bueyes
muy devoto y muy solícito,
uncida a un yugo cornal,
con melenas protegidos,
llevando arado romano
y arando en campo infinito.

Dicen que un día en que el santo
rezaba traspuesto e ido,
del cielo se bajó un ángel
y aprendió bien el oficio:
tan es así, que aquel ángel
volver al cielo no quiso
y se quedó para siempre
con la yunta de bovinos,
agarrado de la esteva
y con su vara de espino.
¡Y labrando tras los bueyes
continúa el angelito!
No es extraño que de fiesta
vista siempre san Isidro.

PASADO YA MUCHO TIEMPO,
la escena miró un vecino,
levantó el índice dedo
y estas sus palabras dijo:
─Los bueyes están muy viejos
y, además, están heridos…
¡Es hora de que compremos
otra yunta a san Isidro!
Y todos se dieron cuenta
de que era verdad lo dicho.
Los pobres bueyes estaban
muy viejos y malheridos,
con mataduras y llagas,
magullados y abatidos,
y también, quizá, cansados
de labrar siempre lo mismo.
Las melenas que sus cuellos
les habían protegido,
estaban ya tan raídas
que no hacían el servicio.
Y tenían los sus cuernos
astillados o partidos.
Varias patas enseñaban
alambres enmohecidos
haciendo veces de huesos
sin carne, mondos y limpios.
Y la pintura del cuerpo
se desconchaba a trocitos.
Quizá fuesen mala raza
la pareja de bovinos,
o fue quizá que eran viejos,
o fue quizá el tiempo mismo,
o fue quizá una caída
de las manos de algún niño…
Ni el santo pudo evitarlo,
ni el ángel pudo impedirlo.
El caso es que aquella yunta
se fue al güicero divino,
a los eternales pastos
que se ganan los bovinos.
Una mujer miciecense,
otra yunta de bovinos
prometió que compraría
con los permisos debidos.
─Que sean de buena raza
y tamaños parecidos.
─Que sean los dos muy mansos
y sepan hacer su oficio,
que no queremos que el ángel
se nos marche al cielo herido…
Quiso la mujer aquella
conseguirle a san Isidro
una pareja de bueyes
que le durasen… un siglo.
Y en Cantabria, en una feria,
de las muchas de esos sitios,
compró de muy buena raza
una yunta de bovinos,
raza que le dicen cántabra,
y ambos, los dos, muy mansitos,
emparejados los dos
y los dos bien avenidos.

CON UN YUGO YUGULAR
venían los dos uncidos,
ajustadas las gamellas,
mas sin colleras de auxilio
ni melenas que evitasen
heridas a los uncidos.
Los miciecenses dijeron
nada más haberlos visto:
─Buena pareja de bueyes,
mas van a mal yugo uncidos.
Para ganado vacuno
no valen los de este tipo:
el cornal es mejor yugo,
más seguro y productivo…
No estaba la aquella mujer
para cambiar el uncido:
─Pues mientras resista el yugo,
que sigan como han venido.
─¿Y cómo van a llamarse
los bueyes de san Isidro?
─Se llama el uno Galán,
y Chato al otro le digo,
porque son nombres de bueyes
que en la mi casa han servido.
Y voy a poner sus nombres
en una etiqueta escritos.
Alguno, por lo que fuera,
borró los nombres escritos,
y ahora todos los llaman
“los bueyes de san Isidro”.

EL ÁNGEL SIGUIÓ EN SU PUESTO:
en silencio daba gritos
a los bueyes si paraban,
¡que no perdieran el ritmo!;
en la mano izquierda lleva
la vara aquella de espino,
y con su derecha agarra
la esteva con gran ahínco,
San Isidro mira al cielo
con su cara de bendito,
y a veces mira a la tierra
para escuchar los pedidos
que los labradores hacen…
¡Y que siempre son los mismos…!       


José Luis Rodríguez Ibáñez
 Mayo/2018-






Puedes ver también:

- SAN ISIDRO LABRADOR.
- EL ARADO.
- LA BENDICIÓN DEL CAMPO.
- PARA PEDIR LA LLUVIA.


Y más sobre Micieces en:













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