DE BANDOLEROS Y BANDIDOS
(de los de antes)
En cuanto a las
palabras bandido y bandolero, el DRA las considera básicamente
sinónimas:
Malhechor, delincuente. / Persona sin escrúpulos, que engaña
o estafa. / Persona que roba en los despoblados, salteador de caminos. / Fugitivo de la justicia proclamado por un
bando.
Pero en el
habla popular hay matices que marcan una gran diferencia. Popularmente el bandolero
suele formar parte de un grupo de salteadores de
caminos, de ladrones rurales, que pueden estar o no reclamados por la justicia
en un bando, mientras que cuando se habla de bandidos siempre se refiere
a delincuentes peligrosos y reclamados por la justicia por crímenes más o menos
horribles y que pueden realizar sus fechorías en solitario o agrupados.
También
Castilla, y el norte de Palencia, tuvieron su tradición de bandolerismo. Algunas
partidas de guerrilleros de la guerra de la Independencia, terminada esta, se
echaron al monte y se convirtieron en bandoleros. Y también las guerras
carlistas ─en la zona de Palencia sucedió sobre todo en la primera de esas
guerras─, produjeron cantidad de bandas que se transformaron en auténticos
bandoleros, incluso en bandidos. Y seguro que algunos de ellos pasaron por Las Ventas y se hospedaron allí en no pocas ocasiones.
En
las largas veladas invernales, al amor de la hornacha, se solían contar las
hazañas de bandoleros diversos. Desde luego las que poetas famosos habían
escrito en sus romances, pero también otras de canciones de ciegos, de las de
pliegos de cordel, y otras más cercanas, contadas como sucesos reales de hace…
unos días. Estas historias se referían a bandoleros, más o menos buenos, que se
escondían en la montaña y hacían sus fechorías en pueblos, ciudades, mercados,
caminos…, incluso en pleno llano, lejos de sus montañas.
Los recuerdos
de la infancia me traen a la memoria nombres de bandoleros que la tradición
popular ha conservado, algunos de los cuales he visto posteriormente en letra
de imprenta en listados de bandoleros famosos: el Caballero, el Cariñoso, el Cuevillas, el Farolero, el Felipón, Pasos Largos, el
Gallardo, el Gregorión, el Pasiego, el Trabuco, el Peñarrondo, el Peñoso, el Santiaguillo…
El pueblo les anteponía
siempre el artículo “el”, tan propio
del habla de esta zona. Todos tendrían su nombre propio, pero lo importante era
el apodo, que hacía casi siempre referencia al pueblo o región de donde se decía que
procedía, o a alguna cualidad de su carácter o comportamiento. Parece que entre
ellos los había malos y muy malos y, seguramente, algunos entrarían de lleno en
el apartado popular de bandidos, pero cuando nos contaban
sus hazañas, no nos parecían tan malos, sino que nos los imaginábamos con un halo
de héroes atractivos, no simples ladrones, asesinos o malhechores, porque
todos tenían un fondo de humanidad y de compasión con los más pobres y
necesitados. O sea, al estilo del televisivo Curro Jiménez o de Luis de Vargas,
el que a los pobres socorre y a los ricos
avasalla, según el romance de Fernando de Villalón.
Y a los niños,
cuando nos contaban las hazañas de estos tipos, o nos cantaban algún romance
referido a ellos, se nos abrían los ojos como platos y se nos iba el sueño. Y
el canto siempre iba con la melodía clásica, una de tantas, de romance
castellano. Terminado el canto o el relato, no era raro que, con un cierto
miedo, preguntásemos:
─Padre (o madre), ¿y si viene y nos roba a nosotros?
─Ya cerramos bien la puerta, hijo. Además, estos solo van a
robar donde saben que hay dinero, no a
nosotros que no lo tenemos…
Y, ya más
tranquilos, nos íbamos a dormir… Quizá soñando en aventuras…
(JLR)
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