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Desde la cueva del lobo. |
LA CUEVA DEL LOBO
De Micieces a Berzosa,
a la mitad del camino,
en el talud arcilloso
con paciencia y a su ritmo
un cárcavo ha horadado
un arroyo de sequío
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La cueva del lobo |
con solo pasar el agua
de la lluvia como auxilio.
Y el cárcavo es una cueva
cual hecha para el abrigo
y protección de animales
o caminantes cansinos.
El arroyo de Argañales,
abajo cruza el camino,
se reboza en barro rojo
se ensancha en un lagunillo,
y, si los días son claros,
espeja el cielo infinito,
que nuestras piedras rompían
sin acristalar su ruido.
Y casi siempre quedaba
una por un por si acaso
algún animal o bicho
estaba oculto en la cueva
durmiendo lo no dormido
por su cazar en la noche
y sus largos recorridos.
Era la Cueva del Lobo,
aunque nunca allí lo vimos.
En las noches invernales,
al amor del fuego ido
y del rescoldo en la hornacha
bien sostenido con mimo,
los mayores nos contaban
historias y sucedidos,
canciones y versos viejos
que para nosotros, niños,
eran casos muy reales
sucedidos ayer mismo.
La Loba Parda existía
y cuidaba a sus lobitos;
y el Lobo de la Majada…,
¿qué iba a hacer el pobrecito?;
y aquel otro de la Moña…:
y aquellos Cinco Lobitos
con infantil nana y ritmo;
y Caperucita Roja,
y también los Tres Cerditos…
Y otros muchos lobos malos
que no saben dar ladridos,
los aprendices ingenuos,
los hambrientos, vengativos,
que cuando ven a una oveja,
lobean entre los trigos
esperando el buen momento
del despiste o del descuido…
Ni televisión, ni cine:
por la mente de los niños
desfilaban solitarios,
o en manadas, los lobitos
contando sus aventuras
de animales perseguidos…
Seguro que muchos de ellos
de Micieces a Berzosa
descansaron muy tranquilos.
Y el padre que se recorre
cada día ese camino
cuenta a su hijo que nunca
vio a ningún lobo metido
en la cueva que horadó
el arroyo de sequío.
‒Cuando paso por allí,
el lobo se habrá escondido,
o está dando de comer
a los lobeznos, sus hijos,
en el monte más oculto
y lejos de los caminos.
De Micieces a Berzosa
tengo el camino muy visto
y a la ida y a la vuelta,
al pasar por ese sitio,
recuerdo historias de lobos
que me contaron de niño.
Pero perdí la ilusión
de ver un lobo escondido
en esa Cueva del Lobo
hecha en el talud rojizo.
Entré yo un día al pasar
muy valiente y decidido.
Mi madre esperaba fuera
y me dijo como aviso:
‒Ten cuidado dónde pisas,
que está todo muy cochino…
Pero me hice el valiente,
el corazón encogido,
un palo como garrote
y yo entero precavido…
Poco rato estuve dentro:
salí lanzando bufidos,
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El camino de Berzosa. |
asqueado, fastidiado,
apenado y abatido,
con el calzado manchado
y un hedor muy alusivo…
‒¡Cómo va a venir el lobo
si es un váter repulsivo…!
Nunca más miré a la cueva,
aunque hacía aquel camino
en los días del buen tiempo
y otros más que no los digo.
Y nunca más rompí el espejo
del cielo aquel infinito.
Mas los lobos de mi infancia,
son recuerdos no perdidos,
y en mi almario me los guardo
con nostalgia y con cariño…
José Luis Rodríguez Ibáñez
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